La cepa más letal.
La pandemia de la gripe de 1918, la enfermedad que causa el virus influenza (H1N1) y que aun hoy en día seguimos sufriendo, en los primeros meses se llevó por delante a más de 1 millón de personas y las olas posteriores ocasionaron la muerte a más del 3% de la población mundial.
A lo largo de la década de los años 20 del siglo pasado, en total fueron más de 50 millones los fallecidos de los 500 millones de infectados. Esto hace un promedio de 4 millones de muertes al año con una letalidad del 10%, y probablemente fue la tercera ola (una cepa posterior) la que más se llevó por delante, precisamente porque creían que ya estaban inmunizados y restaron importancia a la enfermedad, que aun hoy, 100 años después, se lleva a 300.000 todos los años.
( Imagen del virus H1N1 de 1918 regenerado de-novo ).
Aun se sabía poco de los virus, pero hoy no, hoy sabemos mucho más, aunque los gobiernos y los poderes de facto actuan como si no. Se sospecha que a lo largo de los años este virus ha ido atenuando su capacidad de evadir el sistema inmune, la cual debía ser la principal razón de su letalidad. No obstante la comorbilidad con otros patógenos junto con el dificil acceso a la sanidad universal, la necesidad de un diagnóstico temprano, la escasa higiene y falta de medicamientos y de antibióticos, multiplican por 10 la letalidad del H1N1 con respecto a lo que sería hoy en día. Por todo ello no podemos asegurar que el virus influenza de 1918 fuera más letal que el SARS-Cov-2 de 2019.
La zona ORF8 del la cepa S (hCov19-S) y más concretamente la mutación L84S de dicha zona tiene una interacción con los receptores de MHC-1 muy elevada. Esto de por sí es un grave problema, los viriones del Cov2 se adhieren a estos receptores, presentes en las células B (las que se encargan de producir las defensas contra el virus) y también en las células T. Al hacerlo impiden que se acoplen los interferones, los cuales coordinan la respuesta inmune. Entre otras cosas interfiere en la comunicación entre las T-Helper y los mastocitos, además de interferir en la desactivación de los linfocitos NK
, ya que ocupa el lugar donde se espera recibir la IL-10, una interleucina que les comunica que dejen de actuar cuando hay suficientes anticuerpos para controlar la infección. Esto último exacerba la respuesta destructiva de las citoquinas originando las famosas tormentas, que por mucho que sean defensas, son bombas atómicas para nuestro organismo; y esta es la primera causa de muerte con esta infección.
Pero ahí no queda la cosa. Resulta que nuestras células B generan anticuerpos contra esta zona ORF8 que tiene una gran histocompatibilidad con los interferones (por eso encaja muy bien con los receptores MHC-1) y por consiguiente estos anticuerpos provocan una reacción autoinmune, atacan nuestros interferones en la misma medida que atacan al virus. Además la ORF8 no es el RBD del virus, es decir, no es la proteína que usa el virus para penetrar en nuestros tejidos, por lo cual continúa infectando las células por mucho que los anticuerpos que hemos generado lo ataquen. Esta es la razón principal de la septicemia y la segunda causa de muerte por esta infección, y la razón por la que el virus queda latente en el organismo en muchos casos; esta en muchos órganos y no lo acabamos de eliminar, por lo menos en meses.
Según los últimos análisis basados en el big-data de GISAID, la mutación hCov19-S/OFR8-L84S llegó a Europa por España (probablemente entrando por Vitoria) causando la primera ola, y desapareció del radar en España a finales de junio, con total seguridad gracias al confinamiento de Abril y Mayo.
Cabe esperar que no vuelva pero no podemos estar seguros ni de que esté erradicada del todo, ni que no vuelva a surgir, ni que otra mutación tenga un efecto similar. Esta zona del virus esta mutando todos los días y tiene aun mucho margen para ser peor. El sumum de un virus es replicarse aprovechándose de las ventajas competitivas, y eludir el Sistema Inmune permaneciendo latente sin acabar con la vida del huesped es su objetivo.
Respecto al RBD con la ACE2 tenemos otro problema. Casualmente esta zona del virus no muta tanto (aunque también lo hace) y si muta no va a ser para dejar de infectar las células que expresan esta enzima sino todo lo contrario. El virus con la ACE2 ha encontrado un filón.
La Enzima Convertidora de Angiotensina 2 (ACE2 por sus siglas en inglés) es una proteína homeostática que regula varios procesos esenciales, además de tener el don de la ubicuidad, esta en muchos órganos. La ACE2 no es sustituible en los animales vertebrados; es una enzima esencial, y además es funcional en forma libre, esta presente en la sangre para regular la presión sanguínea además de la temperatura corporal, la perfusión, el sistema renina-angiotensina, la producción de hormonas … y muchas más cosas que ni siquiera conocemos.
Los viriones del CoV2 se adhieren a esta enzima (o mejor dicho al revés) libre en sangre, camuflándose trás una coraza de ACE2 que impide a los macrófagos y anticuerpos detectarla, esto le confiere una ventaja extra, retrasando la respuesta inmune además de permitirle llegar a mas órganos de manera inadvertida.
Los casos asintomáticos (y algunos leves) que son la mayoria, gracias a la intervención repentina de los linfocitos T, no llegan a producir anticuerpos neutralizantes, del mismo modo los casos graves (el 20%) producen los anticuerpos contra la ORF8 principalmente, y esto no se suelen detectar en el análisis serológico.
Es correcto decir que la mayoría de los casos sintomáticos producen anticuerpos, pero todas las pruebas realizadas hasta la fecha apuntan a que no son duraderos; no duran más de 16 semanas, que no es mucho. Hay interés en comunicar que cuatro meses es suficiente tiempo para afirmar que son anticuerpos de larga duración, pero esto solo pretende formar una falsa esperanza para amortizar una posible vacuna. Una vacuna que solo va a inmunizarnos por 4 meses no parece una buena inversión.
La razón por la que los anticuerpos neutralizantes no son duraderos es puramente bioquímica. Aun habiendo generado anticuerpos humorales (me refiero a los IgG, los IgE sí serían más duraderos) para que estos sean efectivos contra la espícula S deben tener una energía de interacción inferior a -60 Gibbs (más negativo es más potente). Los anticuerpos que produce el organismo no suelen superar los -45 Gibbs, es decir, suelen ser menos efectivos. Tan solo el 10% supera los -60 Gibbs pero colaborativamente consiguen inactivar los viriones en la mayoría de los casos. No obstante, los anticuerpos no son eternos, interaccionan con otras moléculas presentes en el plasma (carbohidratos principalmente) lo cual conduce a que los más potentes se pierden antes, interaccionan con más cosas y se degradan pronto. Así, en apenas 25 días tu cuerpo ya no esta protegido frente a una nueva infección, aunque los anticuerpos menos potentes (que no sirven de gran cosa) seguirán presentes durante al menos 100 días más. Si bien los linfocitos tienen memoria, es decir, se acuerdan del antígeno que les funcionó para generar los anticuerpos, los van a producir presumiblemente en menos de 10 días, no dejaremos de sufrir los primeros días los mismos efectos potecialmente mortales de esta infección, y depende de muchos factores que no sea peor que la anterior.
No podemos comparar este virus con el H1N1; aquel quizá era igual de agresivo (o más) que la cepa S del Cov2, pero no tenía, ni tiene, la capacidad de aprovecharse de una enzima esencial del organismo como mecanísmo infectivo; el Cov2 no va a cambiar en eso, y nuestro organísmo va a tener los mismos problemas con esto durante cientos de años, quizá miles; es nuestro talón de aquiles.
Debemos estar atentos a las nuevas mutaciones, analizar los efectos de evasión que tienen sobre el sistema inmune y prestar más atención a los casos que se prolongan en el tiempo.
Fuente: es.quora.







